En retrospectiva

El desenlace de una cruenta batalla interna por fin ha llegado. Lo esperé con ansia y a penas puedo creer que ya esté aquí, ahora, en este momento en el teclado. Tengo la mandíbula endurecida, el corazón agitado, respiro entrecortado; es la primera vez que experimento este sentimiento, es la calma del cuerpo agotado, como un boxeador en el ring con la defensa baja y los ojos cerrados, el rostro hinchado. Aquí estoy, oyendo mis pensamientos más sombríos y no me avergüenzo, me acepto humana, me acepto devastada, como playa tras un tsumani. Poco recuerdo quien era de tanto que he sido la de ahora, la sufriente mujer incapaz de llevar una relación en paz, siempre en lucha, siempre vigilante, siempre inconforme, pero también siempre intentando, siempre creyendo que puedo, que puedo cargar el mundo entero en mi espalda tatuada; creo que aprendí tal perseverancia en algún lado y honestamente, no es buena.

Y hoy 19 de mayo, leo en retrospectiva lo anteriormente escrito hace 9 meses: tiempo en que lo seguí intentando, como un auténtico mártir.

La decadencia no tiene límites, el pozo sin fondo está en el centro del corazón. El corazón se abisma a sí mismo: implosión del cosmos.

Y entonces me veo hoy, de nuevo aquí, sintiendo que esta vez sí libré la cruel batalla, y como un hombre de guerra en medio de estruendosas luces, le pido a lo absoluto no volver nunca más sobre mis palabras, caminando como sonámbula, perdida en la miseria del autoengaño.

Pero, ¿qué digo? si ya he ganado, soy victoriosa.

 

 

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Había olvidado mirar los pequeños detalles, como las piedritas del camino.

Estaba ahí sentada en el pasto mientras mi bebé jugaba, miles de pensamientos ya caducos rondaban mi pobre mente confusa, con el ceño siempre fruncido, típico de un adulto angustiado. Así habían pasado más de 2 años pero de pronto vi de nuevo la tierra compuesta de millones de polvos microscópicos y bajé a esa escala. Una impresionante regresión a mi infancia se hizo presente. Fue tan emocionante ver de nuevo ese pequeño mundo de la tierra, que casi le arrebaté el cochesito a mi hijo para moverlo con mis propias manos y sentir la pequeñez, me imaginé adentro conduciendo en terracería y me caché haciendo ruidos de motor que mi hijo imitó con una sonrisa que nunca antes le había visto. Ahora él me contemplaba a mi. Fue cuestión de pocos minutos pero me hice pequeña de tamaño y de expectativas.

Yo, ácida

Mis axilas huelen a caoba y

a guayabas pasadas. Soy tan amarga como puedo, pero más dulce de lo que quisiera ser.

Lo que yo soy verdaderamente, es ácida: medio vaso de jugo de limón tomado al hilo.

No me tomaré en gracia ninguna broma tuya. A mí sólo me hacen reir las películas para niños.

Mi sexo está siempre húmedo, como debe ser y no huele a rosas pero sí a hierbas mojadas.

Soy un hembra territorial y sobreprotectora. La libertad es mi casa.

El mundo es terrible y hostil, le temo a los hombres: esos pobres animales de mal. 

Pero seas un desalmado o un hipócrita, no me quieres ver enojada.

Si te metes con los míos, con los indefensos, con los inocentes, rociaré ácido sobre tus ojos hasta verte enceguecer, porque no te mereces el atardecer como el de hoy, ni como el que habrá mañana.

Creo en la justicia.

Y así como la venganza es dulce,

la justicia es ácida.

 

Leche

¡Qué cosa más dulce y perfecta!

Que encarna al amor incomprensible

En cada trago,

Que brota de mis montes

Pequeños, africanos.

Cuna de la humanidad,

Sobre mi regazo te alimentas

Y vives.

Soy la madre que te cuida

Cachorro del  hombre,

Nacido en esta tierra caliente,

De cu ca ra chas.

Quiero darte más

Leche.

Soy nodriza de cascadas ruidosas, río de piedras lisas, lago de silencios,

Con patos,

que caminan sobre el agua con sus cuellos verde tornasol.

Soy el vientre abierto, dolorido, manoseado,

La madre que todas somos,

soy las perras, las lobas y las gatas,

las leonas, las zorras,

la hembra lastimada por la palabra y la mano.

Sociedad de idiotas

que tiembla de miedo ante la Madre,

que la quema,

la Tierra

y  la destruye.

Inválidos, descerebrados,

¿por qué temen?

Desterrados

Humillados

Con razón y por ella misma.

El reino del racionalismo terminó hace mucho.

Avanza, abandona,

Abre la boca

G R A N D E.

Bebe mi leche tersa

D          e           s  p   a   c   i   o.DSCN3772

Uno frente a otro

Estamos uno frente al otro.

Él dibuja (mi rosto en una foto de hace 2 años),

yo escribo.

Él está trazando en un hoja blanca la manera en la que interpreta mi rostro.

¿Y yo espero que sus sentimientos sean coherentes con mi realidad?

Finco toda mi esperanza en que él actúe como yo quiero. Y, naturalmente, sólo encuentro olas chocando contra las rocas.

Creo que he sido inconsecuente, brutalmente.

El perdón es para los demás, ¿lo necesito? si ni siquiera lo merezco.

Voy a contarles un día cotidiano: estamos uno frente al otro,

la distancia entre nosotros es como un campo minado:

siempre hay que caminarlo con extremo cuidado. A la menor provocación ataco despiadada,

Si estamos cerca

hemos librado el peligro un 75%, digamos. Le mando extrañas vibraciones imperceptibles que él interpreta como :”ven”. Cuando lo siento acercarse le doy la espalda.

Entonces tomará mis caderas con ambas manos y se tallará contra mí con vaivenes duros y rápidos, como un adolescente con prisa. La ropa se vuelve la piel que siente con los ojos cerrados.

De pronto, tengo una regresión a la adolescencia y entonces mi cuerpo ya está verdaderamente cálido, húmedo, dócil, alegre y entregado.

Se vuelve loco en mis espaldas,

se ha hecho agua en ellas.

Se pierde como si de un bosque se tratara,

regresa y se duerme en mis brazos.

Y entonces capturo un poco de sentido

y lo vuelvo a adorar, pobre alma confundida la mía.

Me abandono a él sin rencores.

Pero luego, el cuerpo me duele en las noches;

sin duda una señal de cansancio de mí misma, porque mantengo una lucha constante contra mí,

¿de qué me quiero confundir? ¿en qué momento inicié esta absurda y cruel guerrilla?

Me imagino sumergida en un pantano, hasta la barbilla…

“no es una muerte tan mala”, -pienso,

y pienso en el agua cristalina.

En esa que podría estar bebiendo si me dejara de estupideces.

Contradicciones, como siempre.

La muerte de mi gato me enseñó que las cosas no pasan para enseñarnos nada. La muerte es radicamente una nada, aunque nos aferremos a transformarla en otra cosa. Nuestro egoísmo es aberrante: nos consolamos pensando que todas las cosas nos suceden con el fin de darnos una experiencia. Que en efecto nos den una enseñanza es casi una casualidad, una bendición cuando mucho. Pero las cosas pasan por sí mismas y para sí mismas.

A la muerte se le toma con seriedad, no con consuelo.

No acepto que mi gato haya muerto para enseñarme a valorar la vida, o alguna otra cosa; él murió horrorosamente y me atengo a esta maldita imagen que no se borra de mi mente (Panza arrastrado por la calle entre los hocicos de unos perros callejeros).

Nunca he sido una mujer de fe.

Pero le puse una ofrenda con velas, flores e inciensos que rodean su cofrecito de madera.

Porque me hace sentir mejor.

Supongo que sus cenizas llenan su ausencia, pues la pura IDEA de “mi gato” no la entiendo, se me va de las manos y el dolor en el pecho me encorva.

Entonces le hablo, le agradezco y le amo como siempre. Entiendo que no entiendo su muerte, ni porqué los perros matan a los gatos.

Y me observo tan dura e inocente, como si con cada experiencia dolorosa, la inocencia salvara mi alma de la absoluta desilusión.

El suelo rosa de la casa

Querido,

En tu ausencia dejé entrar a los gatos, están ahora mismo en el sillón. Me miran con su poca expresividad como si lo supieran todo. Ellos me conocen aún más que tú y te quieren más de lo que han querido a otros.

Saben que, mientras los observo de reojo con esta mirada resentida, te escribo una carta. Sí, una más.

Y mis rencores se agolpan en el teclado.

Mi reclamo es legítimo:

rompiste -como se rompe un hueso- la forma en la que te amaba.

Y, como agua que se tiñe al instante con una gota de sangre, manchaste ese ideal ingenuo e inocente

Y se tornó fuego en mi estómago.

Ojalá pudiera quemarte,

incinerarte con un grito, como un dragón.

Y ver tus cenizas caer

en el suelo rosa de la casa.